No sentía nada (IV)
“La mano quieta sobre la mesa de la cocina, algo aspero debajo de la lengua. Algo cambia en mi, en Juana. El sol filtra por la ventana y difumina la silueta de Juana. Ya no veo nada más que sus caderas. Tres años, tres años asi! No hay nada fuera de esta cocina, del cuarto de Juana. De mis encierros, largos encierros en el baño. Todo lo que hago es una excusa para seguir, fingir, fingir todo el tiempo. Espero el momento en el que estamos solos. Ahora todo cambió. Juana está con Olivia. NO tenemos contacto. Me deja suspendido en un mundo que desconozco”.
Fernando! Boludo! Qué te pasa?
Fernando gira en redondo sobre su silla y enfrenta la luz de la ventana a sus espaldas. La mano sigue aferrada al mouse. Una epifania, diáfana, incomprensible, lo deslumbra.
En un parpadeo, el manojo de cables sucios que salen de los equipos caen como cuerdas secas; los han juntado con unos imperdibles rosados, de nena. Una cabellera rala, infantil, cibernética que se funde con la luz directa del sol. Lastima como si hubiera fijado la vista de frente en un proyector de cine. Cierra fuerte los ojos, recuerda:
La llamada desde un teléfono público al celular de Olivia. Quería escuchar su voz. La imaginaba ronca y masculina. No lo era. Quería insultarla. El timbre de la voz de Olivia lo aplacó. Era muy femenina, pero con una firmeza que desconocia. Ella lo pescó al instante. Le dijo: “bombón, no te enganches mal; estás ahi?”
Fernando se levanta mientras sigue mirando fijo a la ventana. Pone una excusa a su supervisor, camina rápido por la hilera de mesadas, trata de no salir de la linea, que no se le note la pesadez en las piernas, las manos cada vez más rígidas, siente que se hace pis; esa aspereza debajo de la lengua. Finalmente logra salir a la calle
Juana está sentada en el inodoro, abrió el grifo del agua y espera paciente a que salga el chorrito. No escucha cuando Fenando abre la puerta de la casa.
-Qué susto! Qué hacés acá? Esperá, ya te dejo. ¿Pasó algo?
Fernando se abrió paso en el baño mientras Juana se levantaba la bombacha apresuradamente. Se paró frente al inodoro apoyando la mano con el brazo estirado sobre la pared de azulejos; largó un chorro de pis grueso, incontenible, mientras abria las piernas y se inclinaba más y más sobre la pared.
Juana se quedó parada contra el lavabo, perpleja. Fernando sintió como las piernas se le adormecían, seguían sosteniéndolo pero ya no eran parte de su cuerpo. Estaba mareado, confundido, enojado. Algo estaba llegando a su fin.
-Fer, ¿estás bien? Estás pálido.
- Siempre fuiste una hija de puta. ¿Cómo no me daba cuenta? En qué infierno estoy metido que nada encaja? Con qué me hacía ilusiones yo? Siempre aguantando, esperando que vos tomaras la iniciativa. Tus caprichos siempre… y yo, para olerte nomás; olerte, te das cuenta?… pero qué hija de puta esta mina!
-De qué hablás Fernando; me estás hablando a mi? Terminaste de hacer pis? Me tengo que cambiar el tampón; ¿podés salir? Decime, ¿te pasó algo en el laburo?
Camila espera en el andén. Llega el subte. La gente se va arrimando a las puertas. Camila entra sumada al gentío y se aferra a la primera barra que puede manotear. El aluminio millones de veces manoseado está impregnado de una sustancia vizcosa, se siente caliente y chorrea. Camila pega un respingo asqueada y con temor. Retrocede y logra bajarse del vagón antes de que las puertas se cierren. El tren parte y Camila queda sola en el andén mirándose la mano pegoteada. Por un instante todo su cuerpo se inclina hacía adelante, levemente; los pies pegados al piso. Siente calor en los muslos, una gota de sudor se le cuela por la raya de la cola.
El quinto y último capítulo de este cuento se publicará el domingo 3 de febrero
Para participar con fotos en este cuento, hacé click aquí
© Laura Letinsky. Untitled #54, 2002. De la serie “Hardly More Than Ever”
Por lo que veo en el grupo de Flickr, y por mi propia actitud hacia el tema del cuento “No sentía nada” me doy cuenta que hacer fotos de esta historia se vuelve cada vez más difícil. ¿Por qué? Hago mi propia lista de auto reproches acumulados hasta ahora:
1. Si mi idea era la de hacer fotos con modelos (amigos, actores, lo que sea), todavía no los conseguí, o no me atreví a buscarlos seriamente y convencerlos para que trabajen en una puesta en escena.
2. Supongamos que consigo los actores. También debería conseguir un escenario para desarrollar la accción! Pues tampoco lo busqué.
3. Si voy por el lado de “sugerir” fotografiando imágenes que evoquen las circunstancias del cuento, también necesito voluntarios, asi que retrocedo al punto 1 y 2 otra vez.
4. Está claro que tengo que revisar mi forma de trabajar. Estoy acostumbrado a la fotografía en la calle y a no relacionarme con la gente. Y ahora que este tema me empieza a interesar e intento hacer algo, resulta que no tengo agenda ni contactos ni amigos ni nadie que practique esta disciplina de la fotografía. Todos los que conozco son “pescadores” como yo! Si hay tema delante de uno, no hay problema en “desenfundar” la cámara y disparar. Pero si hay que planear algo, estoy sonado.
5. Aunque tuviera todas las condiciones necesarias planteadas en los puntos anteriores, seguramente mis fotos serían un bodrio. No tengo un punto de vista en esta clase de fotografía. Pero estoy viendo autores que me gustan muchísimo. Asi que tengo que empezar a aprender desde cero.
6. Vienen a mi memoria las fotos de Sally Mann, de Nan Goldin, Elinor Carucci, Francesca Woodman, Duane Michals y de tantos otros que ya he citado en este sitio. Qué envidia!
Francesca Woodman, Untitled, Providence, Rhode Island, 1978
7. Aunque la envidia puede ser un sentimiento positivo, no se crean. Tal vez, de puro envidioso, envenenado de ver tantas fotos buenas que no puedo hacer, me levantaré una mañana y súbitamente comenzaré a trabajar en las imágenes que sueño para este cuento.
8. Mientras tanto, me pregunto qué estarán haciendo los 77 miembros de este grupo! Evidentemente les gusta pertenecer, pero de las fotos nada che.
9. Hoy, me consuelo con esta foto tan bonita y delicada de Laura Letinsky, gran fotógrafa y docente, que se las rebusca como puede para transmitir los laberintos de las emociones humanas fotografiando frutas, manteles manchados, mesas deshechas, restos de comida, en fin…. Me hace acordar un poquito a Wolfang Tillmans, no? Y luego, con mi adorada Francesca Woodman, una verdadera creadora que documentó las fantasías humanas experimentando con su propio autoretrato. Murió prematuramente a los 22 años. Un desperdicio.
10. Y por último: hago un llamado por este medio, un anuncio digo, un comunicado, un pedido: si Juana existe, si Fernando, Olivia y la madre! están por ahi, no duden en comunicarse por favor. Hay 78 fotógrafos avídos de retratar esta historia!
No sentia nada (III)
“La vida es un tobogán. Definitivamente las cosas bajan, todo baja. En la vida no hay momentos en los que uno está arriba, sabés? Esa ilusión que nos hacemos cuando somos chicos, o cuando pasamos por la facultad es solo una maqueta de lo que podría ser. Pensamos que vamos a subir de alguna manera. O te enamorás y te casás en el peor de los casos; o se te da por el lado del laburo, del estudio, de la carrera, la guita! Pero llega un momento, más temprano que tarde en el que te das cuenta que todo el tiempo, toda esa gran porción de tu vida en la que tantas (o muy pocas) cosas han sucedido no era más que una continua y leve… bajada. Y cuando te das cuenta, ya no importa nada, ni el sexo, la carrera, el matrimonio… los buenos recuerdos…los hijos?”
Olivia escucha al hombre mientras presiona con sus manos levemente la espalda a la altura de los hombros. Lo tiene sentado en el piso, el torso inclinado sobre las piernas. Lo sujeta con las rodillas por los costados mientras aumenta levemente la presión. El gimnasio está a pleno a esa hora de la mañana. Casi todos son ejecutivos con sus “personal trainner” al lado, que hacen lo mismo que ella: trabajan para sacarlos de la vida sedentaria de la corporación, de los aviones, de los excesos controlados. Pero además les atienden el teléfono, guardan las llaves del auto, se bancan alguna mano en las piernas o en la nalga, pero por sobre todo eso: los escuchan; como si fueran taxistas, o pasajeros, o las dos cosas!
Olivia se acomoda el short, mínimo, de lycra. Sabe que medio gimnasio le está mirando el culo en ese momento. Le queda perfecto, lo sabe también. Un solo pliegue entre el final de los esquiotibiales y el comienzo redondo de las nalgas, duras, casi perfectas.
Se acuerda de la última vez que Juana se rindió ante su cuerpo esculpido por el trabajo duro en el gimnasio, la disciplina diaria. Un cuerpo que fue cambiando al mismo tiempo que cambiaban sus gustos sexuales, que se acrecentaba su asco por los hombres, por si misma…
“Ahora acostate y yo te levanto las piernas. Quieto”
Juana suelta sus escalas y abre un silencio repentino en dirección a su hermano.
-Estaba sonando tu celular; llegaste a atender?
-Sí, ya está.- contesta él sorprendido en ese hueco. A Fernando le eran inexplicables todas esas vibraciones que coincidían con el baile de brazos de Juana; como si la música fuese anterior o proviniera de otro lado. La interrupción exaltó el milagro.
-¿Qué pasa?
-Nada. No vengo a cenar hoy.
-Qué buen mozo estás! Te pusiste perfume?
-Tu contrabajo siempre es así de grave? Es desodorante. Chau bonita; ese gigante me intimida.
-Chau “gigante”, portate mal.
-Eh! Fer! Si llegás a saber algo de la vieja, me avisás? le alcanzó a gritar antes de sentir la puerta.
Juana respiró hondo, largó el aire marcando el tiempo y en los primeros acordes se hundió en el cuerpo que extrañaba.
El tránsito, el ruido, ni la humedad lo distrajeron a Fernando de su luz preferida, invertida, “que sube”. Caminó las diez cuadras sin darse cuenta, absorbiendo.
-Buen día! les dijo a los seis o siete de blanco que ya estaban trabajando mientras se envolvía en su guardapolvo. Al acercarse a la mesa central invadida de luz, por un momento se le cruzó la calle. Esos microbios que cobran vida, sentido; que se vuelven datos, estadísticas, personas. Que se traducen en…
“Los tengo a mi lado; son ellos los que veo desde hace un año. Hoy hace un año? Que importa. Qué ganas de volver a la cocina! La mano, tengo la mano pegada a esta misma mesa. Los ojos en las caderas de Juana. Cómo empezó todo esto? La vieja no estaba esa tarde. Estábamos jugando, (suena una confesión todo ésto?). Me voy a mi cuarto. Juana me toma de la mano y me arrastra hacia ella. Fue suave con un final brusco, como un paro cardíaco (cómo sera un paro cardíaco?). Qué hija de puta, arrodillada, disoluta. Ni un temblor, ni una duda. Lenta, observándome! Burlándose? Mi sangre encendida, creí explotar. Después, se quedó seca, despatarrada en la alfombra, la cara empapada, pegajosa. Me quedé sentado contra la pared. Avergonzado? Estaba avergonzado? Alfileres en mis sienes. Y la vieja? Podía llegar en cualquier momento. Qué iba a pasar ahora?”
Miré a Juana: se había bajado el pantalón del pijama, vi su calzón rosado. Estaba con la boca abierta, los ojos cerrados. Como si se hubiera tragado el mejor helado de Munchis!”
Fenando!, Fernando!…
El capítulo IV de este cuento se publicará el domingo 27 de enero
Para participar con fotos en este cuento, hacé click aquí
Kathy Grannan es una joven fotógrafa que practica lo que se ha dado en llamar stage photography. Una de sus series Sugar Road Camp la hizo publicando avisos en los diarios para conseguir los modelos. Pero no solo eso, las poses que estos adoptaban frente a la cámara no erán sugerencias de Grannan si no de los mismos modelos. En una palabra: ella contrataba personas para que posaran como a ellos mejor les pareciera y su trabajo fue intervenir de alguna manera en la transmisión de ese deseo.
Curiosa forma de trabajar! En el caso del cuento que me obsesiona, pareciera que “la aproximación al tema” es un problemita difícil de sortear. En principio, hay un monton de miembros en el grupo de Flickr, pero muy muy poquitas fotos. Yo tampoco hice aporte alguno todavia! Y sigo rumiando qué, cómo, cuándo hacerlo. Es cierto que falta leer el cuento completo y que trabajar en base a una pieza escrita es algo insual en fotografía. El método de Grannan me parece un método “fotográfico”. En el caso del cuento, me doy cuenta que la palabra condiciona bastante la mirada y la imaginación del fotógrafo.
Por el momento, mi obsesión sigue firme y mi exploración de situaciones que se acerquen a la historia de Juana y Fernando me ha dado la oportunidad de ver una buena cantidad de fotógrafos excelentes y reconocer las variadas disciplinas y el ingenio que los talentos del momento nos muestran. Ya que no hago fotos buenas, por lo menos aprendo! 
La imagen de arriba la hizo Kathy Grannan en 1999 y para mi es Juana sentada en el piso de la cocina. Para ver más fotos de K. Grannan en Arnet, The Art World Online hacé clic aquí