


Si tenés un scanner y ganas de quedarte ciego probá esto. Ya muchos se sumaron al proyecto Face your pocket. La receta es asi: abrÃs la tapa del scanner, volcás sobre el cristal todo lo que tengas en los bolsillos. Luego, ubicás tu propia cara. Acomodala de la mejor manera. Enter. Y ya. Un autoretrato deforme más todas las porquerias que tenÃas en los bolsillos. That´s art my friend, o por lo menos nos divertimos un rato. Quién se suma?

La desesperación
Era como si alguna enfermedad ya latente en mà se dispusiera a declararse, como si algo desmoralizador y obstinado se hubiera metido en mi interior y, poco a poco, lo paralizara todo. SentÃa ya tras mi frente la infame apatÃa que precede al desmoronamiento de la personalidad, sospechaba que en realidad no tenÃa memoria ni capacidad intelectural, ni una verdadera
existencia, que durante toda mi vida sólo me habÃa ido extinguiendo y apartando del mundo y de mà mismo. Si alguien hubiera venido para llevarme al patÃbulo, hubiera permitido tranquilamente que me ocurriera lo que fuera sin decir palabra, sin abrir los ojos, lo mismo que las personas sumamente mareadas, cuando, por ejemplo, van en vapor por el Mar Caspio, tampoco oponen la menor resistencia si alguien les comunica que las van a tirar por la borda. Pasara lo que pasara dentro de mÃ, dijo Austerlitz, la sensación de pánico en que me sumÃa al estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sà más sencilla, de leer, hasta que, inevitablemente, al intentar comperender una página entera, caÃa en un estado de la mayor confusión. Si se puede considerar al idioma como una antigua ciudad, como un laberinto de calles y plazas, con distritos que se remontan muy atrás en el tiempo, con barrios demolidos, saneados y reconstruidos, y con suburbios que se extienden cada vez más hacia el campo, yo parecÃa alguien que, por una larga ausencia, no se orienta ya en esa aglomeración, que no sabe ya para qué sirve una parada de autobús, qué es un patio trasero, un cruce de calles, un bulevar o un puente. Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable.
W. G. Sebald. Austerlitz. Ed. Anagrama
La Nena
Los dos primeros hijos del matrimonio hicieron una vida normal, con las dificultades que significa en un pueblo chico tener una hermana como ella. La nena habÃa nacido sana y recién al tiempo empezaron a notar signos extraños. Su sistema de alucinaciones fue objeto de un complicado informe aparecido en una revista cientÃfica, pero mucho antes su padre ya lo habÃa descifrado. Ives Fonagy lo habÃa llamado “extravagancias de la referencia”. En esos casos, muy poco frecuentes, el paciente imagina que todo lo que sucede a su alrededor es una proyección de su personalidad. Excluye de su experiencia a las personas reales, porque se considera muchÃsimo más inteligente que los demás. El mundo era una extensión de sà misma y su cuerpo se desplazaba y se reproducÃa. la preocupaban continuamente las maquinarias, sobre todo las bombitas eléctricas. Las veÃa como palabras, cada vez que se encendÃan alguien empezaba a hablar. Consideraba entonces a la oscuridad una forma del pensamiento silencioso. Una tarde de verano (a los cinco años) se fijo en un ventilador eléctrico que giraba sobre un armario. Consideró que era un objeto vivo, de la especia de las hembras. La nena del aire, con el alma enjaulada. Laura dijo que vÃvÃa “ahÔ, y levantó la mano para mostrar el techo. AhÃ, dijo, y movÃa la cabeza de izquierda a derecha. La madre apagó el ventilador.
Ricardo Piglia. Cuentos Morales. Editorial Planeta. Foto: Daniel Merle